Por muchos más

Ese día Lucía se levantó rápido de la cama, nada más despertarse, igual que siempre. Fue a la universidad con el piloto automático encendido y sorteando todos los coches del atasco. En menos de quince minutos ya había llegado y dejó la moto en el primer lugar libre que encontró.

Llegó a clase un poco tarde, pero le dejaron entrar igualmente, como siempre. Se sentó más bien hacia el final y no sacó nada de la mochila. Saludó a sus amigos con la mirada y una sonrisa y se quedó ahí, de cuerpo presente, donde debía estar. Después de escuchar la primera frase sobre el planteamiento de un caso que más tarde el profesor les propondría defender teniendo en cuenta el Código Penal, el ruido de fondo se desvaneció. Los pensamientos de Lucía empezaron a evadirse inevitablemente hacia otros lugares ya conocidos. Era viernes.

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Agárrame

Ahí estaban, de pie en medio de la cocina. Con el torso desnudo y la sensación de libertad y placidez que otorga despertarse un domingo por la mañana. Acarreando la pereza de vestirse para – acto seguido – decidir inconscientemente que con los calzoncillos ya es suficiente para andar por casa. Mirándose de reojo.
Sonriendo. Preparando el desayuno y recordando las sensaciones de un encuentro fortuito que terminó por erizarles la piel. Buscándose de nuevo con la mirada al menor descuido, con cualquier gesto que se cruzara con la intención del otro. Hasta que Ricard volvió a rozarle la mano a Joan para coger la mermelada.

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Un atardecer cualquiera

Desde las gradas observaba como Itziar le daba las últimas indicaciones a Ion antes del concierto. Yo había ensayado un rato antes, pero los nervios iban aumentando según se acercaba la hora.

Esa sala del conservatorio siempre me gustó. Sin embargo, no había cosa que odiara más en el mundo que las audiciones. Me quedé un rato embelesada observando cómo bailaba la sombra de los dedos de Ion sobre las teclas del piano, proyectada por la luz del atardecer que se colaba por la enorme cristalera. Las teclas, con su movimiento totalmente coordinado, expresaban su mensaje vital a través de la música, ese idioma universal que solamente basta con sentirlo para poder comprenderlo.

Hasta que el eco del último acorde, que resonaba en toda la sala, dejó paso al silencio. Terminó la prueba.

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