Mañana

Un domingo cualquiera, paseando por la playa. Patri le da la mano a su hijo mientras el agua les alcanza los pies. Se retira y les vuelve a alcanzar, una y otra vez, mientras siguen andando descalzos por la arena. Ríen, juegan y dan vueltas sobre sí mismos abrazando el viento que les envuelve, con la tranquilidad de saber que su marido está con el pequeño haciendo un último recado.

Aún tienen un ratito más para seguir paseando por el pueblo antes de tener que volver para hacer el equipaje. Se alejan un poco de la playa y continúan bordeando un pequeño muro para ver qué hay más allá. De repente, Patri se da cuenta de que no lleva puesto su reloj de pulsera. Se lo ha olvidado encima de la mesita de noche.

Hace tiempo que el tiempo no ocupa ningún lugar entre sus preocupaciones diarias. No sabe cuánto rato hace desde que se han ido. Pero sí le invade una sensación: quizás sea hora de volver. Cambian de rumbo y vuelven sobre sus mismos pasos. Charlando y cantando, como de costumbre.

En un momento dado, su hijo se lleva la mano a la cabeza: «¡Mamá! ¡Mi mochila! ¡Me la he dejado detrás del árbol mientras intentaba trepar por el tronco! Tengo que volver a por ella, ¡dentro está mi conejito de la suerte!». «Está bien, cariño. No te preocupes. Vamos a volver a por ella. Seguro que sigue en el mismo lugar cuando lleguemos», le contestó su madre intentando consolar sus sollozos.

Con la mochila en mente, no se percataron de que el mar, completamente silencioso, había comenzado a retirarse hacia adentro desde hacía un rato y los pájaros revoloteaban agitados por encima de sus cabezas, avisándose unos a otros del peligro que estaba acechando. Ajenos a las señales que la naturaleza pretendía enviarles, Patri y su hijo llegaron a ese árbol, pero esta vez con el paso acelerado, con la esperanza de volver a encontrar la mochila.

No obstante, la alegría por volver a tenerla entre sus manos se desvaneció rápidamente, en cuanto empezaron a escuchar un ruido de fondo. A lo lejos. Patri se dio la vuelta y vio, atónita, como una enorme pared de agua avanzaba hacia ellos. «¡¡¿Qué es eso, mamá?!!», preguntó su hijo aterrorizado. Paralizada por la incredulidad que le provocaba lo que estaban viendo sus ojos, Patri no le respondió nada. La rapidez con la que esa gran ola se abalanzaba sobre ellos no le permitía pensar. No tuvo más capacidad de reacción que la que le concedió su propio instinto. Se agazaparon detrás del árbol y no volvieron a mirar hacia atrás.

– «Mami, ¿cómo vamos a salir de aquí mañana?», volvió a preguntar su hijo.

– «Cariño, abrázame fuerte. Pase lo que pase, seguiremos juntos mañana», respondió ella sin soltarlo ni un solo momento.

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