Agárrame

noviembre 1, 2019

Ahí estaban, de pie en medio de la cocina. Con el torso desnudo y la sensación de libertad y placidez que otorga despertarse un domingo por la mañana. Acarreando la pereza de vestirse para – acto seguido – decidir inconscientemente que con los calzoncillos ya es suficiente para andar por casa. Mirándose de reojo.
Sonriendo. Preparando el desayuno y recordando las sensaciones de un encuentro fortuito que terminó por erizarles la piel. Buscándose de nuevo con la mirada al menor descuido, con cualquier gesto que se cruzara con la intención del otro. Hasta que Ricard volvió a rozarle la mano a Joan para coger la mermelada.

Ahí estaban, cuando se dieron cuenta de que no tiene sentido frenar un impulso compartido que surge como un fuego en el interior de sus entrañas. Sin percatarse de que la ventana estaba abierta. Sin pensar en los demás ni dudando si podía ser una equivocación. Confiando en su propio instinto y sintiendo el tacto del otro como una conexión única e irrepetible. Rindiéndose a ese momento que deseaban que se volviera eterno. Sin miedo a enamorarse uno del otro.

Hasta que volvieron a cruzarse sus miradas cómplices. Ricard le giró el mentón a Joan y este le dio un beso impulsivo, acalorado, casi mordiéndole el labio. Mientras se abrazaban y se enamoraban, ahí estaban.