Un atardecer cualquiera

Desde las gradas observaba como Itziar le daba las últimas indicaciones a Ion antes del concierto. Yo había ensayado un rato antes, pero los nervios iban aumentando según se acercaba la hora.

Esa sala del conservatorio siempre me gustó. Sin embargo, no había cosa que odiara más en el mundo que las audiciones. Me quedé un rato embelesada observando cómo bailaba la sombra de los dedos de Ion sobre las teclas del piano, proyectada por la luz del atardecer que se colaba por la enorme cristalera. Las teclas, con su movimiento totalmente coordinado, expresaban su mensaje vital a través de la música, ese idioma universal que solamente basta con sentirlo para poder comprenderlo.

Hasta que el eco del último acorde, que resonaba en toda la sala, dejó paso al silencio. Terminó la prueba.

Minutos después estaba la sala llena. Todos -básicamente familiares- escuchaban con atención y nosotros, por lo menos la mayoría, hechos un manojo de nervios, excepto los que se sentían aliviados porque ya habían tocado. Miraba hacia ambos lados intentando pasar desapercibida, deseando que no fuera mi turno aún, mientras Itziar me sonreía y animaba desde el fondo de la sala, cuando, sin previo aviso, todo saltó por los aires.

Abrí los ojos lentamente, como quien despierta de un sueño profundo, y observé mi mano izquierda llena de arañazos, trozos de cristal y sangre. Comprobé que podía mover un poco los dedos e intenté incorporarme sin éxito. A mi alrededor solamente veía destrucción y en mi interior no dejaba de asaltarme la misma pregunta una y otra vez: «¿Cómo he llegado hasta aquí?».

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